Libros de la ciudad


Rubén Darío, nacido como Félix Rubén García Sarmiento en Metapa, Nicaragua, en 1867, llegó a Chile en 1886, a los 19 años. Salió de Nicaragua al mismo tiempo que hacía erupción el volcán Momotombo y llegó a Chile unos meses después de la muerte de Benjamín Vicuña Mackenna, uno de sus héroes intelectuales. El creador y principal promotor del Modernismo hispanoamericano, caracterizado por la expresión individual, la libertad y el anarquismo en el arte, estaría marcado por los eventos telúricos. Una erupción volcánica, la muerte de un gigante.

Ya era un joven y talentoso poeta y buscaba en nuestro país conocer a los famosos hombres de letras que “hacían historia” por toda américa. Quería conocer a Vicuña Mackenna, a Lastarria, a los Amunátegui y los continuadores de Bello. Conoció a Eduardo de la Barra, a Luis Orrego Luco, Manuel Rodríguez Mendoza, Alberto Blest Bascuñán, Narciso Tondreau, Daniel Riquelme, Alfredo Irarrázabal, Jorge Huneeus, Alfredo Valenzuela Puelma y Ernesto Molina en la Tertulia de su amigo Pedro Balmaceda Toro, el hijo del presidente, que recibía a jóvenes poetas, intelectuales y escritores en el segundo piso de La Moneda.

Trabajó, durante los tres años que vivió en estos lares, en El Mercurio de Valparaíso, en el diario La Época en Santiago y estuvo de Inspector de Aduanas en el puerto. Santiago fue para Darío una ciudad fascinante, ya le habían dicho que tenía que venir a Chile aunque fuera nadando y se ahogara en el intento. Santiago inspiró muchos de sus poemas, cuentos y artículos. Frecuentaba el Parque Cousiño, el Cerro Santa Lucía, la Alameda de las Delicias y la Biblioteca Nacional. Aquellos lugares inspiraron sus obras más notorias del período chileno, incluso la más importante de ellas: Azul.

Conoció, aunque no lo menciona mucho, el Santiago atacado por dos epidemias de cólera entre 1886 y 1888, y por la asonada callejera de la primera huelga de  tranvías de abril de 1888. El Santiago sitiado por el cordón sanitario, medida tan inútil como cara, y por la instalación de lazaretos que las autoridades levantaron para minimizar el impacto mortal de la enfermedad, y el impacto de las élites ante la primera aparición masiva y violenta de las masas populares en el centro de la ciudad exigiendo sus derechos.

Preocupado de otros asuntos, Darío dará énfasis a los temas y aspectos de la ciudad que más le conmueven y le asombran. Así, en el prólogo a la obra de su amigo Narciso Tondreau, llamada Asonantes, publicada en 1888, Rubén Darío nos dejó algunas de sus impresiones sobre la ciudad y los personajes de esos tiempos:

“Conocí, pues, por Robinet a Lastarria, en su estudio, rodeado de libros, anciano que parecía joven, quejoso del aprecio de su patria y convencido de la gloria de su nombre en toda América; amigo de la juventud, aficionado a hacer versos sin ser poeta, sabio amable, cabeza llena de laureles. ¿Quién no ha leído sus libros en América y aun en España?”

Amunátegui era otra gran columna. Una mañana pasando por la Alameda, soberbio lugar de palacios de piedra, estatuas de bronce y arboledas vastas, vi pasar un viejo meditabundo que iba con capa -allá donde nadie la usa-, un extremo de ella rozaba el suelo, y el hombre pensativo era saludado, y saludaba a su vez a todo el mundo. Era don Miguel Luis Amunátegui, el amigo de Bello.”

“Después vi a Valderrama en la redacción de un diario en que yo escribía; alto y grave, siempre de corbata blanca, conversador ameno, con todo, y su seriedad casi fría al parecer. A don Zorobabel Rodríguez, primer diarista chileno, y a Carlos Walker Martínez, talento admirable, orador fogoso, y a Lillo, les vi en el Congreso. Este último era Ministro. Tenía la cabellera toda plateada por los años. Y así, llegué a conocer a casi todos los de la generación que dio lustre al nombre chileno en la por desgracia concluida Academia de Bellas Letras.”

“La juventud en todas partes es atrayente, animosa, vencedora. La juventud santiaguina es asi. Como en todos los grandes centros, sobre todo en la clase alta rica, entre las aficiones intelectuales y el sport, éste se lleva el mayor número. Y es natural: al empezar esta hermosa vida, el deseo de goce crece a cada instante, los sentidos triunfan, el dinero se ambiciona para satisfacer aquellos, la sangre bulle fragante y sana, el lujo atrae, y entre unos hexámetros de Homero y unos guantes crema o un sombrero de copa, se prefiere lo último. Así, no es de extrañar que el club de los mirlitons tenga más miembros que la sociedad científica o literaria, y que se vaya al hipódromo con más gusto que al Ateneo.

LaGalería San Carlos en el centro de Santiago aristocrático de fines del siglo XIX

“Luego, las exigencias del medio social; la moda; las distintas amalgamas conformes con las tendencias y modos de ser; los empleados de banco y los strugleforlíferos de la prensa; flirtation, y temperamentos; falta de estímulo; y, por último, el ejemplo de hombres ilustres en la miseria.”

Sobre la ciudad misma, Rubén Darío, tiene recuerdos destacables, agudos a veces, laudables y críticos a la vez. Es un observador crítico de la juventud y sus modas, aspira a parecerse a los jóvenes aristócratas a los que frecuenta y con quienes lee y comenta las últimas novedades de mundo literario:

“Santiago en la America Latina es la ciudad soberbia. Si Lima es la gracia, Santiago es la fuerza. El pueblo chileno es orgulloso y Santiago es aristocrática. Quiere aparecer vestida de democracia, pero en su guardarropas conserva su traje heráldico y pomposo. Baila la cueca, pero  también la pavana y el minué. Tiene condes y marqueses desde el tiempo de la colonia, que aparentan ver con poco aprecio sus pergaminos. Posee un barrio de San Germán diseminado en la calle del Ejercito Libertador, en la Alameda, etc. El palacio de la Moneda es sencillo, pero fuerte y viejo. Santiago es rica, su lujo es cegador. Toda dama santiaguina tiene algo de princesa. Santiago juega a la Bolsa, come y bebe bien, monta a la alta escuela, y a veces hace versos en sus horas perdidas. Tiene un teatro de fama en el mundo, el Municipal, y una catedral fea; no obstante, Santiago es religiosa. La alta sociedad es difícil conocerla a fondo; es seria y absolutamente aristocrática.”

El Teatro Municipal de Santiago hacia 1880

“Santiago gusta de lo exótico, y en la novedad siente de cerca de París. Su mejor sastre es Pinaud y su Bon Marché la casa Prá. La dama santiaguina es garbosa, blanca y de mirada real. Cuando habla parece que concede una merced. A pie anda poco. Va a misa vestida de negro envuelta en un manto que hace por el contraste más bello y atrayente el alabastro de los rostros, en que resalta, sangre viva, la rosa roja de los labios.”

“Santiago es fría, y esto hace que en el invierno los hombres delicados se cubran de finas pieles. En el verano es un tanto ardiente, lo que produce las alegres y derrochadoras emigraciones a las ciudades balnearias. Santiago sabe de todo y anda al galope. Por esto el santiaguino de los santiaguinos fué Vicuña Mackenna, mago que hizo florecer las rocas del cerro de Santa Lucía. Este es una eminencia deliciosa llena de verdores, estatuas, mármoles, renovaciones, pórticos, imitaciones de distintos estilos, jarras, grutas, kioscos, teatro, fuentes y rosas. Edimburgo es la única ciudad del mundo que en su centro tenga algo semejante, y por cierto muy inferior. Santiago posee una obra hecha por la naturaleza y por el arte. Ars et natura.”

La Plaza de Armas en la época de Darío en Chile

“Santiago hace: libros y frases, nouvelles â la main. Su prensa es numerosa- y sus periodistas son pujantes, firmes en la polémica, peligrosos en las luchas. Hay un diario de modelo yankee, El Ferrocarril; los demás son más dados al “mecanismo” francés. El croniqueur por excelencia es Rafael Egaña. Las empresas periodísticas son ricas, pero algunas demasiado económicas. Raro es el diario que tenga permanentemente información directa del extranjero. En las redacciones se está, tijera en mano, esperando la correspondencia por correo transandino, para recortar lo mejor de los diarios del Plata; o si no, se hacen traducir los  artículos de la prensa europea que llega por el Estrecho.”

“Santiago paga poco a sus escritores y mucho a sus palafreneros. Toma el té como Londres, y la cerveza como Berlin. Es artística, ama las gallardas estatuas y los cuadros valiosos. Cincela con Plaza, con Blanco, y pinta con Lira, con Valenzuela, con Jarpa. Para sus hombres grandes tiene bronce y mármol. Santiago ha sido heroica y vibrante en tiempo de conmociones. Es ciudad que nunca será tomada. El roto santiaguino es vivaz, malicioso, ocurrente, aguerrido y cruel. El gamin es hermano del suplementero. De noche, Santiago es triste y opaca exteriormente. En sus salones ríe el gas en la seda y chispea la charla. “

En el libro “Diez años en Araucanía 1889-1899” de Gustave Verniory, este ingeniero belga que llegó a Chile con apenas 24 años, durante el gobierno del Presidente Balmaceda, nos muestra una imagen de la ciudad de Santiago poco conocida y menos difundida.

Verniory, joven ingeniero ardenés, contribuyó con su trabajo profesional durante diez años a la construcción del ferrocarril en el sur de Chile. Fue el autor de crónicas particularmente interesantes en el ámbito etnológico e histórico, especialmente en relación con el pueblo mapuche. Su llegada a Chile hay que explicarla en el contexto de las transformaciones económicas y el gran impulso de las obras públicas, que fueron uno de los ejes de la administración de Balmaceda y su antecesor Domingo Santa María. El agua potable en muchas ciudades, la construcción de varios edificios destinados al servicio público y la educación, llegando a 66 las escuelas y a una decena de liceos. Sin embargo es el ferrocarril la empresa que más preocupó al Presidente Balmaceda. Durante su gobierno se construyó o se dejó iniciados más de 1.000 kilómetros de nuevas vías, cantidad que iguala a las construidas por todos los gobiernos anteriores. Se mejoró las viejas vías, se terminó los grandes puentes del Malleco, el Biobío, del laja y del Ñuble, también se adquirió equipo ferroviario por varios millones de pesos.

Antes de viajar a su destino en el sur de Chile Gustave Verniory, estuvo en Santiago y esto es lo que escribió en su diario.

“… gracias a ellos voy a poder visitar en detalle la capital chilena, que es verdaderamente tan simpática como hermosa. Cuenta con monumentos notables: La Casa de Moneda, residencia del presidente de la República, don José Manuel Balmaceda; el Congreso Nacional, donde funcionan la Cámara de Diputados y el Senado: el Arzobispado, la Intendencia, la Universidad, el Correo, el Teatro Municipal y muchos otros.

En el barrio del centro, las tiendas son tan lujosas como las de Bruselas. Se encuentran numerosos pasajes cubiertos, bordeados de tiendas, entre los cuales están el portal McClure y la galería San Carlos.

Antigua y elegante galería San Carlos

Las calles son todas rectas y de una longitud increíble; las surcan brillantes carruajes. En suma, Santiago da la impresión de una gran capital.

La Plaza de Armas, con su hermosa fuente central y sus senderos floridos, es el paseo favorito de los santiaguinos.

En uno de sus costados se levanta la Catedral, cuya torre ha quedado torcida a consecuencia de un terremoto. La avenida de las Delicias, una magnífica calle ancha plantada de árboles, atraviesa la ciudad en una longitud de cuatro kilómetros. Tiene cien metros de ancho. Filas de árboles al dividen en alamedas muy frecuentadas por los paseantes. El agua clara correo a torrentes en las acequias profundas hechas de albañilería. Hay numerosas estatuas ecuestres, entre las cuales está de la Pedro de Valdivia, fundador de la ciudad, en 1541; la de los héroes de la guerra de Independencia, O’Higgins, San Martín, Carrera, etc.

En uno de los extremos de la avenida de las Delicias se levanta el cerro santa Lucía, colina abrupta y rocosa, de la que se ha hecho una maravilla. En su cumbre se goza de un panorama espléndido de la ciudad. La cordillera de los Andes, con sus crestas cubiertas de nieve, parece muy próxima; dominada por el Juncal (6.157m.); el S. Francisco (5.575 m.); el Plomo (5.779 m.); el volcán Tupungato (6.434 m.), que es el más alto de los Andes después del Aconcagua; el volcán San José (6.096m.). Es un espectáculo verdaderamente imponente y grandioso.

El río Mapocho baña uno de los costados de la ciudad. En este período de verano, no lleva sino un hilo de agua, pero en el invierno se transforma en un gran torrente. En agosto último, se ha llevado un puente de mampostería que había resistido sus asaltos desde hacía más de un siglo. Están ocupados en canalizar el río, y a este trabajo están destinados los albañiles españoles que veían de Potosí.

Faltan citar todavía el parque Cousiño, plantado de árboles enormes, con jardines y senderos caprichosos, y la Quinta Normal, especie de jardín botánico, que contiene diversas instalaciones científicas.

Las calles de Santiago están recorridas por tranvías tirados por caballos. El servicio de cobradores se efectúa por mujeres que usan sombreros canotiers de hule negro. Son de físico más bien ingrato. Es regla general que en cuento es contratada una cobradora buenamoza, ésta desaparece muy pronto.Lado oriente de la plaza de Armas de Santiago hacia 1880

En general, el tipo femenino es maravilloso. En la mañana todas las mujeres, de cualquier clase social a que pertenezcan, no salen sino cubiertas de un manto negro que envuelve sus cabezas, dejando ver sólo la cara, de tez mate y de ojos negros brillantes y profundos. Es la única toilette femenina que se admite en las iglesias.

El domingo he asistido a la misa de diez en la Catedral. En la inmensa nave no hay un asola silla ni un banco. Los hombres están de pie. Las mujeres, todas de negro, sentadas a la oriental sobre pequeños tapices que ellas llevan.”

El libro de Gustave Verniory tiene ya dos ediciones en Chile y la primera es reciente, apenas en 1975 se publicó este valioso testimonio del Chile de fines del siglo XIX.
Diez años en Araucanía, 1889-1899. Gustave Verniory, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1975, p. 298.

Diez años en Araucanía 1889-1899. Gustave Verniory. Traductor: Eduardo Humeres, Santiago 2001, Pehuen Editores. 490 páginas y encuadernación rústica. 21 cm. Idioma: Español, ISBN: 9561603322

En 1908 Luis Orrego Luco publicó su novela “Casa Grande” generando una larga polémica entre los sectores aristocráticos de la sociedad santiaguina. “La sociedad entera se sentía arrastrada por el vértigo del dinero, por la ansiedad de ser ricos pronto, al día siguiente. Las preocupaciones sentimentales, el amor, el ensueño, el deseo, desaparecían barridos por el viento positivo y frío de la voracidad y el sensualismo”, escribió Orrego Luco en un intento de justificar los temas de su novela y así aplacar un poco el escándalo de revelar lo que estaba oculto. La crítica literia, con Alone a la cabeza, restó valor a la obra y la iglesia católica sostuvo que se trataba de una obra inmoral y contraria a los principios religiosos al ver, en la crisis matrimonial del relato, argumentos en pro del divorcio. El éxito de la novela llegó al punto en que obligó a Zig-Zag a reimprimir tres veces en seis semanas consecutivas, luego de vender 6 mil ejemplares.

Portada de la Revista Zig-Zag que muetra el estilo de una dama aristocrática hacia 1908

A continuación, un extracto de las primeras páginas, en las que relata la fiesta de la Nochebuena en la Alameda:

“Sonata de Primavera

I

Alegre, como pocas veces, llena de animación y de bulla, se presentaba la fiesta de Pascua del año de gracia de 190… en la muy leal y pacífica ciudad de Santiago, un tanto sacudida de su apatía colonial en la noche clásicas de regocijo de las viejas ciudades españolas. Corrían los coches haciendo saltar las piedras. Los tranvías, completamente llenos, con gente de pie sobre las plataformas, parecían anillos luminosos de colosal serpiente, asomada a la calle del Estado. De todas las arterias de la ciudad afluían ríos de gente hacia la grande Avenida de las Delicias, cuyos árboles elevaban sus copas sobre el paseo, en el cual destacaban sus manchas blancas los mármoles de las estatuas. Y como en Chile coincide la Nochebuena con la primavera que concluye y el verano que comienza, se deslizaban bocanadas de aire tibio bajo el dosel de verdura exuberante de los árboles. La alegría de vivir sacude el alma con soplo radiante de sensaciones nuevas, de aspiraciones informes, abiertas como capullos en eso momentos en que la savia circula bajo la vieja corteza de los árboles.

El río de gente aumentaba hasta formar masa compacta en la Alameda, frente a san Francisco. A lo lejos se divisaba las copas de los olmos envueltas en nubes de polvo luminoso y se oía inmenso clamor de muchedumbre, cantos en las imperiales de los tranvías, gritos de vendedores ambulantes:

- ¡Horchata bien heláa!

- ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca!…

Aumentaban el desconcertado clamoreo muchachos pregonando sus periódicos, un coro de estudiantes agarrados del brazo entonando “La Mascota”; gritos de chicos en bandadas, como pájaros, o de niñeras que los llamaban al orden; ese rumor de alegría eterna de los veinte años. Y por cima de todo, los bronces de una banda de música militar rasgaba el aire con los compases de “Tanhauser”, dilatando sus notas graves entre chillidos agudos de vendedoras que pregonaban su mercadería en esa noche en que un costado entero de las Delicias parece inmensa feria de frutas, flores, ollitas de las monjas, tiendas de juguetes, salas de refresco, ventas de todo género. Cada tenducho, adornado con banderolas, gallardetes, faroles chinescos, linternas, flecos de papeles de colores, ramas de árboles, manojos de albahaca, flores, tiene su sello especial de alegría sencilla y campestre, de improvisación rústica, como si la ciudad de repente se transformara en campo con los varios olores silvestres de las civilizaciones primitivas, en medio de las cuales se destacara súbita la nota elegante y la silueta esbelta de alguna dama de gran tono confundida con estudiantillos, niñeras, sirvientes, hombres del pueblo, modestos empleados, en el regocijo universal de la Nochebuena.

Aspectos de las fiestas de Nochebuena en la Cañada, según Santos Tornero

- ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca!…

Y sigue su curso interrumpido el río desbordado de la muchedumbre bajo los altos olmos y las ramas cargadas de farolillos chinescos, entre la fila de tiendas rústicas, cubiertas de pirámides de frutas olorosas, de brevas, de duraznos pelados, damascos, meloncillos de olor. Las tiendas de ollitas de las monjas, figurillas de barro cocido, braseros, caballitos, ovejas primorosamente pintadas con colores vivos y dorados tonos, atraen grupos de chicos. ¡Qué bien huelen esos ramos de claveles y albahacas! Tal vez no piensa lo mismo el pobre estudiantillo que estruja su bolsa para comprarlo a su novia, a quien acaba de ofrecérselo una florista. La muchedumbre sigue anhelante, sudorosa, apretados unos con otros, avanzando lentamente, cambiando saludos, llamándose a voces los unos a los otros, en la confusión democrática de esta noche excepcional. Por cima de todo vibran los cobres de la fanfarra militar… ahora suenan tocando a revienta bombo el can-can de la “Gran Duquesa”…

Sería cosa de las once de la noche cuando se detuvo un “vis à vis”, tirado por magnífico tronco de hackneys, frente al óvalo de san Martín, en la Alameda.”

Luis Orrego Luco (1866-1948), hijo menor de una familia aristocrática, se educó en Chile y en Europa, estudió leyes en la Universidad de Chile y se dedicó a la literatura, la crónica periodística, la política y la diplomacia. Escribía en el diario La Época, la Revista Artes y Letras y el periódico La Libertad Electoral, formó parte de la tertulia literaria que organizó Pedro Balmaceda Toro en el Palacio de La Moneda junto con notables como Rubén Darío, Manuel Rodríguez Mendoza, Alberto Blest Bascuñán, Narciso Tondreau, Daniel Riquelme, Alfredo Irarrázabal, Jorge Huneeus, Alfredo Valenzuela Puelma, Vicente Grez y Ernesto Molina. Participó en la Guerra Civil del 91 en el bando antibalmacedista y salió herido de las batallas de Concón y Placilla. Se casó en 1896 con María Vicuña Subercaseaux, hija del ex Intendente Benjamín Vicuña Mackenna.

La novela Casa Grande forma parte de un proyecto literario de gran amplitud, desarrollado entre 1876 y 1930 y llamado Escenas de la vida en Chile, en el que se inscriben las siguientes obras: “Plata Negra”, “En familia”, “A través de la tempestad”, “Un idilio nuevo” y “El tronco herido”. Bajo la idea de ciclos históricos, la obra de Orrego Luco es un serio intento por hacer un estudio de la evolución de la sociedad chilena a través de medio siglo.

Fotografía de Luis Orrego Luco

Las novelas que integran el ciclo podrían disponerse según la época que abordan, sin tomar en consideración la fecha de publicación: Playa negra comprende los años 1876 a 1877; Un idilio nuevo, representa los años 1884 a 1890; Casa grande, abarca los años 1900 a 1908 y, por último, El tronco herido, da cuenta de los años desde 1917 hasta 1919, avanzando por una elipse narrativa de diez años hasta 1929, que es también el año en que el autor concluye esta obra iniciada en 1920.

Casa grande : novela / Luis Orrego Luco. 4a. ed. Santiago : Nascimento, 1973. 382 p.

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