Los pintores de Santiago


Entre los innumerables cronistas y artistas viajeros que pasaron por Chile durante el siglo XIX, hay algunos que dejaron una huella imborrable en la que hoy consideramos nuestra identidad, en la imagen “nacional” de Chile. Esa imagen visual que tenemos de nosotros mismos aun antes de ser los que hoy somos, se fue construyendo a partir del trabajo de decenas de artistas chilenos y extranjeros, casi todos ellos formados en Europa en las modas y modos del arte del viejo continente.

A partir de la guerra de Independencia y durante el proceso de construcción del nuevo estado nacional, entre 1820 y 1850, el número de artistas viajeros europeos que pasaron un tiempo o se quedaron en Chile sobrepasa los cincuenta y los más conocidos son los ingleses Carlos Wood y John Searle, los franceses Narciso Desmadryl, Raimundo Monvoisin, Ernesto Charton de Treville y Claudio Gay, los centroeuropeos Juan Mauricio Rugendas, Roberto Krause y Martin Drexel, así como los italianos Camilo Domeniconi, Alejandro Cicarelli y Giovato Molinelli.

Casi todos ellos románticos, se lanzaron a recorrer el mundo como ilustradores de las expediciones científicas, o simplemente llegaron a las lejanas tierras de Chile en una parada más del itinerario panamericano. Con ellos el paisaje adquiere una nueva prestancia en las artes, ya no como trasfondo o simple decorado de las acciones mitológicas o las acciones bélicas fundadoras del nuevo orden social, ni como el mero escenario de los grandes hombres de las aristocracias gobernantes, ahora se lo representa por su propio valor, ya sea que aparezca en la forma amenazante y sobrecogedora de la naturaleza desatada, como en el “Naufragio del Arethusa”, de Carlos Wood, sino que también aparece el paisaje americano como la arcadia serena, como el campo que rodea lejano a la ciudad, como en el caso de “Vista de Santiago desde Peñalolén” de Alejandro Cicarelli, así como también es posible ver la nueva presencia del paisaje como marco en que se desenvuelven las costumbres y usos de los habitantes de estos nuevos lugares, como es el caso de varias de las obras de Juan Mauricio Rugendas, por ejemplo, en “El Huaso y la lavandera”.

Entre estos viajeros hay uno que retrató el paisaje urbano de Santiago entre los años 1850 y 1860. Se trata de Giovato Molinelli, un pintor y dibujante italiano del que poca información se tiene. Se sostiene que habría sido discípulo de Rugendas y su nombre aparece indistintamente como Giovatto y como Giovato. Lo que se sabe es que estuvo en Chile, por la data de sus trabajos firmados, entre 1855 y 1861, a pesar de que algunos autores sostienen que su estadía en Chile se inicia recién en 1858, y que habría traído algunas buenas obras costumbristas y paisajes desde Italia que le habrían permitido tener cierta notoriedad en el campo artístico nacional. Ha sido descrito como un litógrafo genovés que supo cultivar los paisajes urbanos y que se destacó por la fuerza descriptiva, el carácter anecdótico de muchas de sus escenas y su notorio oficio académico en el trato riguroso de los detalles.

Las obras de Giovatto Molinelli están actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes, en el Museo Histórico Nacional y en manos de particulares. Son particularmente relevantes, por la información que de ellas se puede colegir sobre distintos aspectos de la ciudad en aquellos lejanos años, las cuatro más conocidas, todas ellas óleos sobre tela de tamaño medio.

Antigua vista de los Tajamares, Giovatto Milinelli, 1855

La primera está fechada en 1855 y muestra los “Tajamares del río Mapocho”, suponemos que a las alturas de la actual calle Providencia, casi frente a la calle Condell por estar representado el monolito o pirámide conmemorativa de la obra, que actualmente se encuentra frente a ella. Lo relevante del óleo de Molinelli es que muestra claramente la sección final oriente del Tajamar con un escarpe que permitía el descenso de carretas y otros vehículos desde el plano de la ciudad al lecho del río, ya sea para cruzarlo o para realizar alguna labor en el lecho o al borde de las aguas. Tal escarpe desmiente de plano la existencia de un Tajamar “corrido” y sólido de varias cuadras de largo. Lo que muestra el señalado cuadro es la probable existencia de un tajamar discontinuo construido de sucesivos malecones con una pequeña orientación nororiente surponiente que facilitaba el atajar al río. Actualmente el cuadro está en la colección del Museo Histórico Nacional.

El segundo óleo de Molinelli que revisamos es el que retrata el “Campo de Marte” hacia 1859. En esa fecha ya se habían iniciado las ahora tradicionales Paradas Militares en el Llano, Pampilla o Campo de Marte y se comenzaba a construir en las inmediaciones del actual Parque O’Higgins. El amplio terreno de la Pampilla, que el gobierno de Bulnes había comprado a varios particulares, se extendía desde el camino de cintura por el norte, la actual Av. Matta y su continuación la Avenida Blanco encalada, el Zanjón de la Aguada por el sur, la calle San Ignacio por el oriente y el Callejón de Padura por el poniente. En el predio se instalaron, a partir de 1845, la Escuela Militar, el Parque General del Ejército, el Cuartel de Artillería, el Presidio Urbano, la Penitenciaría, la Fábrica de Cartuchos, la Quinta del Instituto Nacional y otras instituciones relacionadas. El resto del terreno, de unas 90 hectáreas estaban limitadas por los cuatro callejones que pasaron a llamarse Tupper, Rondizzoni, Viel y Beaucheff, en homenaje de algunos de los distinguidos militares extranjeros de la época de la independencia, quedaron dedicadas al Campo de Marte. El óleo de Giovato Milinelli muestra un lugar menos paradigmático que el anterior pero no por eso menos representado. Ya lo había pintado Rugendas y Charton de Treville. El óleo “Campo de Marte” pertenece a la colección del Museo Nacional de Bellas Artes.

Giovatto Molinelli, Campo de Marte, 1859

El otro cuadro de Giovatto Molinelli es la “Antigua Cañada de Santiago”, fechado en 1861, en que muestra, suponemos, una vista desde el peñón del cerro santa Lucía de antes de la intervención del Intendente Vicuña Mackenna, hacia los nuevos sectores del oriente de la ciudad, desde una posición que estaría entre las actuales calles de Carmen y Lira, tal vez sobre el actual barrio de Lastarria más cerca de la antigua calle de la Ollería. No se aprecian construcciones de doble altura y se dejan ver los álamos y el campo. La cordillera nevada y lejana le da un marco otoñal a esta vieja y amarillenta cañada. El cuadro está actualmente en exhibición en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Giovatto Molinelli, Antigua Cañada de Santiago, 1861

Finalmente el óleo de Molinelli llamado “Palacio de La Moneda”, sin fecha conocida, nos muestra el palacio de gobierno, ocupado para tales oficios desde la presidencia del General Bulnes, en 1846, sin la actual explanada al norte del edificio y que hoy llamamos Plaza de la Constitución. Hay que mencionar que desde la inauguración del edificio en 1805 y hasta 1934, hubo al norte del palacio una plazuela de unos 35 metros de ancho.

Palacio de La Moneda, Giovatto Molinelli

Hacia mediados del siglo XIX la plazoleta ocupaba el espacio equivalente a la fachada norte del Palacio y, frente a ella había un edificio de similares dimensiones que era ocupado por el Ministerio de Guerra. Sobre ese espacio, de oriente a poniente, se probó distintos tipos de plazoleta, en las que siempre dominaba la estatua de Diego Portales y dos pilas de agua. Tales elementos se han mantenido hasta nuestros días. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la plazoleta fue arreglada con tres hileras paralelas de plátanos orientales, los primeros árboles de este tipo plantados en Santiago y que son los que aparecen en el óleo de Molinelli. Este cuadro está en manos de un coleccionista privado.

Miércoles 14, Marzo

Unas 120 obras de Johann Moritz Rugendas, 1802-1858, entre óleos y dibujos, varias de ellas desconocidas en Chile, provenientes de colecciones europeas, colección MNBA y Museo Histórico Nacional se presentan en el Ala Sur, en el primer piso del Museo Nacional de Bellas Artes, desde el 14 de marzo al 27 de mayo de 2007.

La exposición sobre el notable artista viajero y naturalista, es una iniciativa de las Colecciones de Artes y Museos de Augsburgo y el Consulado de Chile en Münich, y ha sido organizada en conjunto por el Museo Nacional de Bellas Artes y el apoyo de la Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, DIRAC.

Aunque Alfredo Helsby Hazell se caracterizó por sus notables paisajes, nos dejó dos o tres imágenes urbanas difíciles de olvidar.
Santiago nevado en 1912, Alfredo Helsby
Se trata de los cuadros Iglesia de la Divina Providencia y de Santiago nevado en 1912. El primero nos muestra en un atardecer brumoso el paisaje de la calle apenas iluminada por un farol mortecino, mientras una mujer con sobrero y faldón camina hacia el poniente con un niño de la mano. El cuadro nos muestra además las líneas del tranvía y un carro que parece acercarse con sus faroles laterales a la mujer y el niño. Es una visión del Santiago de principios del siglo XX y se ve en ella una frondosa avenida Providencia. En otra imagen, Alfredo Helsby nos muestra la nevazón de 1912 también en el actual barrio alto de la ciudad, aunque en aquellos tiempos se tratara casi de los suburbios santiaguinos. En este cuadro aparece el cerro San Cristóbal, con sus faldas tapadas por la nieve y coronado por una virgen apenas instalada cuatro años antes, cuando era aún una novedad para los habitantes de la ciudad. Decía que son imágenes que ya no están a la mano, al punto que ni siquiera las obras de Helsby están disponibles para el público ya que ambas pertenecen a coleccionistas privados.
La Iglesia de la Divina Providencia, Alfredo Helsby
El pintor, hijo de un fotógrafo inglés avencindado en Valparaíso, desarrolló su trabajo bajo la influencia de Alfredo Valenzuela Puelma, con quién organizó varias exposiciones de artistas chilenos en Europa, así como de su primer profesor de artes en la escuela secundaria, el notable Thomas Somerscales. En sus primeros años solía acompañar a Juan Francisco González en sus excursiones pictóricas por las afueras del puerto de Valparaíso.Siempre fue un autor independiente y no perteneció a ninguno de los grupos o corrientes de su época, aunque viajó a Europa y Estados Unidos, trabajando en los talleres de destacados artistas del momento, tanto en París como en Nueva York. Sus obras, que se encuentran actualmente repartidas en algunos museos nacionales así como en Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Washington, y en colecciones privadas de Europa y Estados Unidos, se caracterizan por el trato de la luz y por captar los momentos fugaces en que el paisaje está cambiando, sin llegar a parecer impresionista. Su trato de los arcoiris es notable. A diferencia de sus contemporáneos no siguió el estilo afrancesado y parece que sus colores se acercan más al trato que de ellos hacen algunos paisajistas ingleses o norteamericanos como Whistler y Turner. Acaso su cuadro más conocido sea el del Paseo Atkinson, del Cerro Concepción en su natal Valparaíso. En él aparece en primer plano una niña elegantemente vestida, con sobrero de paja jugando con un aro, mientras atrás aparece una mujar con sombrilla y un niño pequeño. Entre ellos un hombre de aspecto humilde parece ser un vendedor ambulante que carga un gran canasto en su brazo izquierdo.