Hay un libro que si bien no tiene por objeto la ciudad de Santiago, ha caracterizado, ha inundado, la imagen que tenemos de Chile, y es de aquellos textos que más se cita que se lee. Se trata de “Chile o una loca geografía“, de Benjamín Subercaseaux Zañartu, a medio camino de un libro de aventuras a lo Julio Verne y una serie de artículos de la National Geographic Magazine.
El texto, escrito entre 1938 y 1943, con sus diferentes apéndices y prólogos explicativos, que tiene ya más de 20 ediciones, primero por la editorial Ercilla y luego por Universitaria, siempre ha estado precedido por un notable prólogo de la mismísima Gabriela Mistral en el que destaca el valor del libro y del autor, diciendo “Los contadores de patria cumplen de veras un acto de amor”. Incluso Gabriela Mistral se permite afirmar: “El destino de su libro me parece tan donoso que se lo envidio buenamente. Él servirá de guía al viajero, que hoy se llama legión, al que corre el país sin saber manejar otra cosa que sus barcos y pierde cien puntos técnicos de las comarcas y de la costumbre. Yo pensé alguna vez hacerme en un libro parecido al suyo el perro de Tobías que condujese a los cegatones propios y extraños por la bien hallada tierra chilena; quise volverme lazarillo “ganoso” que trotase al lado de los indigentes de fervor, cuando ellos caminan sin hazaña interna, es decir, sin hallazgo. Ahora yo sobro, amigo mío, porque su libro es sencillamente magistral.”
Benjamín Subercaseaux es un autor que fue conocido por su polémico temperamento y contradictorias actuaciones que causaron innumerables discusiones y ácidas críticas por sus juicios audaces y su franqueza inhabitual, no pasó inadvertido. Es comparado, en perspectiva, con otro de los “exigidores de la chilenidad”, el otro tábano de los chilenos autocomplacientes, Joaquín Edwards Bello.
El propio autor señala que para escribir su “Loca geografía” eligió la cuarta dimensión de la geografía para “lanzarme más allá del hombre mismo. Algunos llamarán psicológico al estudio que busca la realidad humana por encima de estas bases fundamentales…, no habría inconveniente para llamarlo también metafísico si nos viniera en gana… Lo que hemos realizado aquí es algo mucho más modesto e importante: hemos puesto a la Geografía - nuestra geografía - dentro de la vida, que es grande, y al alcance de la medida humana, que es pequeña.”
El libro, dividido en siete partes y un apéndice comienza “describiendo” la loca geografía chilena desde el momento del descubrimiento para seguir luego con una descripción de norte a sur. En la Cuarta Parte, llamada “El país de la montaña nevada”, se ocupa de Santiago. En su sección III titulada “Donde Santiago lo embrolla todo, haciendo hablar al turista” sostiene algunas de las frases más conocidas:
Hay un Santiago que sólo ve el turista. (Es muy importante)
Hay un Santiago del que vive en él.
Hay un Santiago de los que frecuentan sus campos y sus cerros.
Hay un Santiago de los que llegan por el sur; otro, de los que llegan por el norte.
Hay, por fin, un Santiago propio según el barrio en que vivimos.
No estaría de más recordar, también, el Santiago de los amigos de la Historia. Para ellos, la ciudad se limita a su decorado permanente, porque lo que existe en la actualidad - lo hemos dicho - no calza en absoluto dentro de su ensueño. Sólo la cordillera ha tenido la bondad de permanecer ahí, eterna e inmutable.
| Domingo 4, Febrero |
| 9:45 | a | 12:30 |
Para continuar con nuestro programa de Recorridos Gratuitos por la Ciudad, los invitamos a participar en el que hemos denominado De la Plaza al Cerro, este domingo 4 de febrero, entre las 10:00 y las 12:30 hrs aproximadamente. Esta vez partiremos de la Plaza de Armas mostrando los edifcios históricos que la rodean y dando una somera cuenta de sus funciones y principales hitos. Contaremos la historia asociada a cada uno de los planos históricos de Santiago, fundidos en bronce, que se encuentran frente al actual Museo Histórico Nacional, así como de la Catedral, el Palacio Arzobispal y los Portales de los lados sur y oriente de la plaza.
Luego visitaremos la Casa Colorada para relatar la historia de su principal ocupante, el Conde de la Conquista. Por la antigua Calle del Rey iremos hasta la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, conocida popularmente como San Agustín, para contar la historia del Señor de la Agonía y del Terremoto Magno de 1647.
Por la Calle de las Agustinas caminaremos hasta el frontis del Teatro Municipal para observar la arquitectura del lugar y contar la historia desconocida del incendio de diciembre de 1870.
Luego nos encaminaremos al Cerro Santa Lucía en que podremos ver las grandes escaleras, la Plaza Neptuno, el antiguo escudo español destinado a la Casa de Moneda, las plazas sobre las que estuvieron las fortificaciones españolas y una serie de monumentos y esculturas interesantes como las ciudades de Caracas y Buenos Aires, la estatua de Caupolicán de Nicanor Plaza, la Ermita en que yacen los restos de la familia de Vicuña Mackenna, el cañón que señala el mediodía en Santiago, así como otras señas y marcas de la historia de la capital, como el homenaje a los “disidentes” cuyos cadáveres eran dispuestos en el lado oriente del cerro en tiempos en que la iglesia católica no aceptaba herejes en sus cementerios.
Los esperamos a todos, el domingo 4 de febrero, a partir de las 09:45, a los pies de la estatua ecuestre de Pedro de Valdivia, en la Plaza de Armas, con su familia y bloqueador solar, agua y ropa cómoda.

Es sabido que temblores y terremotos son una experiencia común para los habitantes de la capital. Y la historia de la ciudad los cuenta por decenas. Durante el periodo colonial se menciona tres importantes, los temblores de marzo de 1575, los de agosto de 1580 y el terremoto de 1647, el más conocido por su violencia así como por los diversos sucesos asociados.
El lunes 13 de mayo de 1647 a las diez y media de la noche se desató el que sería llamado el Terremoto Magno, un movimiento telúrico de más de quince minutos de duración. Es el mayor terremoto que registran las crónicas coloniales, y redujo a escombros la ciudad de Santiago, provocando una aguda crisis económica en un país que, además, había sufrido devastadoras sequías. Murieron entre 600 según el Cabildo y mil personas según la Audiencia, que a la fecha eran entre el 15 y el 25 % de la población. A los continuos temblores y las lluvias que se dejaron caer 10 días después se debe agregar el “chabalongo”, nombre autóctono para referirse al tifus, que mató otras dos mil personas.
La destrucción fue tal que, rápidamente se propagó por la conmovida ciudad y sus sobrevivientes, la noticia de que el Señor de la Agonía, de la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, conocida popularmente simplemente como San Agustín, salvó incólume, luego de que cayeran la Catedral y la Iglesia de la Compañía, así como la mayoría de los templos y conventos de la ciudad. Al crucifijo de tamaño natural con una esfigie de madera policromada, obra de Pedro Figueroa, del llamado Señor de Mayo, la corona de espinas le cayó hasta el cuello de un modo que fue considerado milagroso. Esa misma noche se organizó una procesión con la efigie hasta la Plaza Armas que, desde hace 360 años y hasta hoy, se realiza cada trece de mayo al anochecer.