El puente de Cal y Canto fue una de las construcciones más ambiciosas que alguna vez se hayan ejecutado en Santiago y el director de la obra fue nada menos que Luis Manuel Zañartu Iriarte, Corregidor y Justicia Mayor de la ciudad, una suerte de Intendente y Juez, al mismo tiempo. Conocido era el Corregidor Zañartu por su mal genio, tanto que se inventó un dicho para referirse a las personas coléricas o bulliciosas que formaban albotoro, decían de ellas “Es un Zañartu”.
El río daba problemas a las autoridades, a veces no se podía cruzar y otras se salía del cauce en destructivas avenidas. Para frenar las avenidas se construyeron en 1609 los primeros tajamares.

Para cruzar el Mapocho había un puente desde fines del siglo XVII que fue destruido en 1747, y uno de madera que no duró muchos inviernos. Se nombró a Zañartu como director de la nueva obra, que comenzó en 1767 sacando piedras del Cerro Blanco. Hasta 200 reos engrillados por los pies trabajaron en la construcción del puente. Los presidiarios tenían una cárcel provisional construida en la orilla norte del río mientras duró el trabajo.
Cuando los brazos se hacían insuficientes el Corregidor salía de redada a recoger “vagos y mal entretenidos” de la ciudad para trabajar en su obra. El grandioso puente nuevo, que medía unos 200 metros de largo, 9 de altura sobre el lecho y tenía 11 ojos, funcionó entre 20 de junio de 1779 y el 10 de agosto de 1888, en que otra crecida lo inutilizó y dejó abatido.
Hasta hoy no se ha construido nada siquiera parecido al puente de Cal y Canto en Santiago. Las huellas que quedan son de variada naturaleza: por una parte, el nombre de la calle por la que se llegaba a él, la Calle Puente, y algunos restos que, como piezas arqueológicas abandonadas por grandes y pesadas, descansan en algún parque cercano, sin identificación ni decoro.
Entre las huellas no materiales están los textos y las pinturas. Un notable cronista del siglo XIX, Justo Abel Rosales, publicó en septiembre u octubre de 1888, luego de la caída de una parte del puente, Historia y Tradiciones del Puente de Cal y Canto. Este texto sigue siendo un muy entretenido registro de las vicisitudes de la construcción y de la vida del puente.
Rosales, escribiente de la Corte de Apelaciones de Santiago, soldado en la guerra del 79, archivero en la Biblioteca Nacional, liberal y férreo defensor del Presidente Balmaceda, es uno de los cronistas más citados cuando del barrio ultra-Mapocho se trata, publicó también La Cañadilla de Santiago - Su Historia y sus Tradiciones. 1541-1887 así como una Historia i Tradiciones del Cementerio Jeneral de Santiago. Como prolífico cronista e historiador publicó Los saqueos de Santiago, Historia de la Cárcel Pública de Santiago, La Negra Rosalía y Los amores del diablo en Alhué.
Otra huella es un cuadro de Ramón Subercaseaux Vicuña de 1875 en que aparecen los toldos y locales comerciales de la zona poniente del puente, y una vista general de la ciudad vista desde la ribera norte del río. Entre otras aparecen a lo lejos las dos torres de la Iglesia de santo Domingo y casi enfrente de la salida sur del puente las torres del edificio de los bomberos y una de la de las de la Catedral. El puente aparece muy transitado por peatones, hombres de a acaballo y carretas y carretelas. También se aprecia, levemente, la reciente estructura del actual Mercado Central, que a la época había alojado a la exposición del Coloniaje, organizada por el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna.

