En 1908 Luis Orrego Luco publicó su novela “Casa Grande” generando una larga polémica entre los sectores aristocráticos de la sociedad santiaguina. “La sociedad entera se sentía arrastrada por el vértigo del dinero, por la ansiedad de ser ricos pronto, al día siguiente. Las preocupaciones sentimentales, el amor, el ensueño, el deseo, desaparecían barridos por el viento positivo y frío de la voracidad y el sensualismo”, escribió Orrego Luco en un intento de justificar los temas de su novela y así aplacar un poco el escándalo de revelar lo que estaba oculto. La crítica literia, con Alone a la cabeza, restó valor a la obra y la iglesia católica sostuvo que se trataba de una obra inmoral y contraria a los principios religiosos al ver, en la crisis matrimonial del relato, argumentos en pro del divorcio. El éxito de la novela llegó al punto en que obligó a Zig-Zag a reimprimir tres veces en seis semanas consecutivas, luego de vender 6 mil ejemplares.

A continuación, un extracto de las primeras páginas, en las que relata la fiesta de la Nochebuena en la Alameda:
“Sonata de Primavera
I
Alegre, como pocas veces, llena de animación y de bulla, se presentaba la fiesta de Pascua del año de gracia de 190… en la muy leal y pacífica ciudad de Santiago, un tanto sacudida de su apatía colonial en la noche clásicas de regocijo de las viejas ciudades españolas. Corrían los coches haciendo saltar las piedras. Los tranvías, completamente llenos, con gente de pie sobre las plataformas, parecían anillos luminosos de colosal serpiente, asomada a la calle del Estado. De todas las arterias de la ciudad afluían ríos de gente hacia la grande Avenida de las Delicias, cuyos árboles elevaban sus copas sobre el paseo, en el cual destacaban sus manchas blancas los mármoles de las estatuas. Y como en Chile coincide la Nochebuena con la primavera que concluye y el verano que comienza, se deslizaban bocanadas de aire tibio bajo el dosel de verdura exuberante de los árboles. La alegría de vivir sacude el alma con soplo radiante de sensaciones nuevas, de aspiraciones informes, abiertas como capullos en eso momentos en que la savia circula bajo la vieja corteza de los árboles.
El río de gente aumentaba hasta formar masa compacta en la Alameda, frente a san Francisco. A lo lejos se divisaba las copas de los olmos envueltas en nubes de polvo luminoso y se oía inmenso clamor de muchedumbre, cantos en las imperiales de los tranvías, gritos de vendedores ambulantes:
- ¡Horchata bien heláa!
- ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca!…
Aumentaban el desconcertado clamoreo muchachos pregonando sus periódicos, un coro de estudiantes agarrados del brazo entonando “La Mascota”; gritos de chicos en bandadas, como pájaros, o de niñeras que los llamaban al orden; ese rumor de alegría eterna de los veinte años. Y por cima de todo, los bronces de una banda de música militar rasgaba el aire con los compases de “Tanhauser”, dilatando sus notas graves entre chillidos agudos de vendedoras que pregonaban su mercadería en esa noche en que un costado entero de las Delicias parece inmensa feria de frutas, flores, ollitas de las monjas, tiendas de juguetes, salas de refresco, ventas de todo género. Cada tenducho, adornado con banderolas, gallardetes, faroles chinescos, linternas, flecos de papeles de colores, ramas de árboles, manojos de albahaca, flores, tiene su sello especial de alegría sencilla y campestre, de improvisación rústica, como si la ciudad de repente se transformara en campo con los varios olores silvestres de las civilizaciones primitivas, en medio de las cuales se destacara súbita la nota elegante y la silueta esbelta de alguna dama de gran tono confundida con estudiantillos, niñeras, sirvientes, hombres del pueblo, modestos empleados, en el regocijo universal de la Nochebuena.

- ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca!…
Y sigue su curso interrumpido el río desbordado de la muchedumbre bajo los altos olmos y las ramas cargadas de farolillos chinescos, entre la fila de tiendas rústicas, cubiertas de pirámides de frutas olorosas, de brevas, de duraznos pelados, damascos, meloncillos de olor. Las tiendas de ollitas de las monjas, figurillas de barro cocido, braseros, caballitos, ovejas primorosamente pintadas con colores vivos y dorados tonos, atraen grupos de chicos. ¡Qué bien huelen esos ramos de claveles y albahacas! Tal vez no piensa lo mismo el pobre estudiantillo que estruja su bolsa para comprarlo a su novia, a quien acaba de ofrecérselo una florista. La muchedumbre sigue anhelante, sudorosa, apretados unos con otros, avanzando lentamente, cambiando saludos, llamándose a voces los unos a los otros, en la confusión democrática de esta noche excepcional. Por cima de todo vibran los cobres de la fanfarra militar… ahora suenan tocando a revienta bombo el can-can de la “Gran Duquesa”…
Sería cosa de las once de la noche cuando se detuvo un “vis à vis”, tirado por magnífico tronco de hackneys, frente al óvalo de san Martín, en la Alameda.”
Luis Orrego Luco (1866-1948), hijo menor de una familia aristocrática, se educó en Chile y en Europa, estudió leyes en la Universidad de Chile y se dedicó a la literatura, la crónica periodística, la política y la diplomacia. Escribía en el diario La Época, la Revista Artes y Letras y el periódico La Libertad Electoral, formó parte de la tertulia literaria que organizó Pedro Balmaceda Toro en el Palacio de La Moneda junto con notables como Rubén Darío, Manuel Rodríguez Mendoza, Alberto Blest Bascuñán, Narciso Tondreau, Daniel Riquelme, Alfredo Irarrázabal, Jorge Huneeus, Alfredo Valenzuela Puelma, Vicente Grez y Ernesto Molina. Participó en la Guerra Civil del 91 en el bando antibalmacedista y salió herido de las batallas de Concón y Placilla. Se casó en 1896 con María Vicuña Subercaseaux, hija del ex Intendente Benjamín Vicuña Mackenna.
La novela Casa Grande forma parte de un proyecto literario de gran amplitud, desarrollado entre 1876 y 1930 y llamado Escenas de la vida en Chile, en el que se inscriben las siguientes obras: “Plata Negra”, “En familia”, “A través de la tempestad”, “Un idilio nuevo” y “El tronco herido”. Bajo la idea de ciclos históricos, la obra de Orrego Luco es un serio intento por hacer un estudio de la evolución de la sociedad chilena a través de medio siglo.

Las novelas que integran el ciclo podrían disponerse según la época que abordan, sin tomar en consideración la fecha de publicación: Playa negra comprende los años 1876 a 1877; Un idilio nuevo, representa los años 1884 a 1890; Casa grande, abarca los años 1900 a 1908 y, por último, El tronco herido, da cuenta de los años desde 1917 hasta 1919, avanzando por una elipse narrativa de diez años hasta 1929, que es también el año en que el autor concluye esta obra iniciada en 1920.
Casa grande : novela / Luis Orrego Luco. 4a. ed. Santiago : Nascimento, 1973. 382 p.
