Marzo 2008
Archivo Mensual
Lun 31 Mar 2008
Escrito por Vólker Gutiérrez en
Crónicas Urbanas[2] Comentarios
En el corazón de la ciudad, mientras los devotos se confiesan al Hacedor, los turistas fotografían la Catedral de Santiago y los peruanos residentes recuerdan su tierra natal, a un costado de la principal iglesia nacional, el mal olor obliga a arriscar la nariz.
Que el esmog y el ruido forman parte de la elevada contaminación de la ciudad capital es una realidad que sus transitantes, los permanentes y los ocasionales, manejamos y sufrimos con no poca estoicidad. Especialmente, porque creemos entender que la solución a este moderno problema conlleva una larga, profunda y costosa tarea que incluye, entre otros, mucha fuerza de voluntad para modificar algunos de nuestros ya sempiternos malos hábitos. Requerimos, de seguro, una transformación como la encabezada en Santiago por don Benjamín Vicuña Mackenna, allá por la década del 1870.
Sin embargo, hay problemillas que no parecen necesitar más que un par de herramientas para dejar de serlo. Parece. Como ocurre cuando se nos tapa el lavaplatos o el wc. Es lo que pensamos quienes arribamos al pleno centro de la ciudad, ascendiendo por las escaleras de la estación del metro Plaza de Armas que se ubica en calle Puente, al costado poniente del edificio de Correos de Chile, mismo lugar que por siglos albergara la casa de los gobernadores y, más tarde, a los ilustres presidentes de la naciente república. O sea, una esquina de no poca trascendencia.
Pues bien, antes de toparse con la marea humana que deambula por el sector; antes de escuchar el barullo in crescendo de vehículos, comerciantes y paseantes; antes de reconocer las clásicas formas de la Catedral; por cierto, antes de observar el desgastado cielo que cubre la capital; antes de todo eso, un fuerte olor a descomposición nos cachetea y nos entrega la mal-venida a las históricas calles céntricas. Como para arrancar de inmediato. Si usted lector se imagina que exagero, lo invito (más bien lo desafío) a que haga el ejercicio de acudir al lugar. Quédese un par de minutos en la esquina, coloque cara circunspecta y observe las expresiones de asco de quienes pasan por ahí. Si no le basta ello, pregunte por “el problema” a los sufridos locatarios del sector, que deben tolerarlo por toda una jornada.
Se imaginan a un turista extranjero, importante o desconocido, asomando recién sus narices a esta ciudad -que pretende ser de clase mundial- y que reciba el saludo de este hedor. Tal vez por pudor o lo que sea, igual que varios cronistas foráneos que pasearon por la Plaza Mayor en siglos pasados, dicho turista no haga alusión a los vahos malolientes que emanan del lugar. Puede ser. Pero de que existe, existe.
Y por qué la referencia a los forasteros, se preguntará usted. Es que el problema no es nuevo, le respondo. No se trata de la misma situación, pero sí muy similar. Fíjese que al historiador nacional Guillermo Feliú Cruz, en “Santiago a comienzos del siglo XIX. Crónicas de los viajeros”, al tratar el tema de la Plaza de Armas, le llama la atención que escritores nacionales, a diferencia de otros foráneos, hayan plasmado en sus textos, con huella imborrable, algunos paisajes cotidianos y desagradables del centro mismo de la capital. Por ejemplo, de la pluma de Vicente Pérez Rosales en 1814, Feliú Cruz rescata que “era cosa común ver todas las mañanas tendidos, al lado afuera de la arquería de este triste edificio (la cárcel, donde hoy se yergue la Municipalidad de Santiago), uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por la policía para que fueran reconocidos por sus respectivos deudos”. Huelgan comentarios.
También Feliú Cruz recoge las anotaciones que hiciera a principios de la segunda década del siglo antepasado otro ilustre personaje de nuestra historia republicana, el afamado compositor José Zapiola, autor del Himno de Yungay. En este caso, recordemos las palabras con que el músico retrató en “Recuerdos de treinta años (1810-1840)” esos problemillas que, casi doscientos años después, parecen no querer abandonar el paisaje olfativo de la Plaza Mayor: “… el resto de la plaza hasta la pila, decimos, estaba ocupado por los vendedores de mote, picarones, huesillos, etc., y por los caballos de los carniceros. Ya pueden considerar nuestros lectores cuál sería el estado de esta plaza que sólo se barría muy de tarde en tarde, no por los que la ensuciaban, sino por los presos de la cárcel inmediata, armados de grandes ramas de espino que no hacían más que levantar polvo, dejándola en el mismo estado, pero produciendo más hediondez, como era natural”. Un poco más adelante, Zapiola suma agravantes a la descripción: “A esto hay que agregar una ancha acequia que atravesaba, como ahora, toda la plaza. Esta acequia, descubierta en su mayor parte, sin corriente, y no siendo de ladrillo, proporcionaba más facilidad para la aglomeración de cieno. Lo que había en sus orillas no necesitamos decirlo, pues para los vendedores no había otro lugar de ‘descanso’ (vaciar el cuerpo), de tal modo que, cuando el sol calentaba, se levantaba un humo denso producido por las evaporaciones de las inmundicias acumuladas allí”.
Si Pérez Rosales y Zapiola no merecen dudas respecto a la veracidad de sus anotaciones, lo que a Guillermo Feliú Cruz le pareció extraño fue que viajeros contemporáneos a nuestros ilustres personajes no dejaran referencias al poco glamoroso paisaje de la Plaza de Armas y, más bien, la pintaran como un agradable espacio en el que “ningún detalle afea la descripción”. Más todavía: sin fruncir el ceño, hubo algunos de estos visitantes del 1800 que la compararon a su similar de Lima, la Ciudad de los Reyes. No sería extraño entonces que ninguno de los muchos paseantes extranjeros, que por estos tiempos son llevados a fotografiar la Catedral de Santiago, realice alusión alguna al fuerte y desagradable aroma que inunda el sector señalado.
Consultados un par de quiosqueros de la esquina que forman las calles Catedral y Puente, señalaron que el problema del mal olor deviene de hace mucho tiempo y que su fuente se origina en la red del alcantarillado, cuya ferrosa rejilla alcanza a cubrir de la vista, mas no del olfato, lo que pasa por abajo. Agregaron nuestros compungidos amigos en que no deben hacer falta sofisticadas herramientas para detener este verdadero problemilla enclavado en el corazón de la ciudad capital.
Es decir, sintetizamos nosotros, que la autoridad edilicia tendrá a la mano lo mínimamente menester a fin de solucionar esta bicoca y dispondrá así de más energías para buscar remedio al problema mayor de la contaminación santiaguina.
Mie 26 Mar 2008
| Domingo 30, Marzo |
| 10:00 | a | 12:30 |
Continuando con su programa “Caminando al Bicentenario”, recorridos patrimoniales gratuitos por la ciudad de Santiago, Cultura Mapocho te invita a acompañarnos en la realización del primer circuito del presente otoño, el próximo domingo 30 de marzo. Esta actividad se inicia en la estatua ecuestre de Pedro de Valdivia, en la Plaza de Armas a las 10:00 horas, y finaliza en la Plaza de la Ciudadanía, aproximadamente a las 12:30 horas.
En esta ocasión queremos presentar algunos importantes hitos ligados a la historia cívica y social de la ciudad y el país, reinterpretando lo que sabemos a partir de la relación que generemos durante el recorrido.
Partiremos haciendo un viaje de cinco estaciones por la Plaza de Armas, la misma desde la que nace la ciudad moldeada por el capitán Valdivia y el alarife Gamboa. Mirando los planos históricos de Santiago, fundidos en bronce y que se encuentran en el suelo de la Plaza, frente al actual Museo Histórico Nacional, reconstruiremos la primera historia de la capital, época de precariedad, perseverancia, guerra, convivencia pluriétnica, festividades y ceremoniales, en fin, del duro asentamiento urbano. En el mismo cuadrante, tendremos ocasión de reaprender la posterior historia de Santiago, con su desarrollo comercial, social e institucional ligados a las edificaciones, ceremoniales y personajes que dieron vida a la Plaza Mayor: los gobernadores, los primeros presidentes de la República, el Cabildo, el Municipio, la cárcel, la Justicia, el mercado, la Iglesia.
En el periplo cruzaremos por el interior de la Catedral Metropolitana, bordearemos el edificio del ex Congreso Nacional, nos detendremos en la plaza Montt-Varas y enjuiciaremos la historia de Chile frente al Palacio de los Tribunales. Sólo en este corto tramo podremos reconocer nombres, instituciones y episodios ilustres como los de Balmaceda, el Incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús, la Universidad de Chile y Andrés Bello, así como ver aquellos históricos edificios en que se ha vivido parte de la historia nacional.
Terminaremos nuestro viaje en la Plaza de la Ciudadanía, de cara a La Moneda, hito central en el proyectado eje cívico de la capital, en un espacio abierto que nos permitirá reflexionar en torno al devenir de las instituciones, de la urbe, de las comunicaciones, de las conductas y todo lo que incide en nuestra actual idiosincrasia.
Para aventurarnos en esta experiencia única, les solicitamos llegar 15 minutos antes del inicio, a las 09:45 horas, llevar algún refresco, vestimenta cómoda y muchas ganas de interactuar con nuestra ciudad. Y, especialmente, les pedimos responder a la presente invitación, que pueden extender a su familia, amigos y conocidos.
Lun 10 Mar 2008

Nuestro segundo recorrido por el barrio comenzó en la Biblioteca de Santiago, ubicada en el antiguo edificio de la Dirección de Aprovisionamiento del Estado. Esta gran biblioteca pública se abrió al público en noviembre de 2005.
La Dirección de Aprovisionamiento del Estado (DAE) fue entre 1927 y 2003 el servicio público encargado de las compras y los suministros del Estado de Chile y fue reemplazado por la Dirección de Compras y Contratación Pública, más conocido como ChileCompra, a secas.
El edificio de administración y las bodegas, construidos entre 1928 y 1945, que ocupaba la DAE fue declarado Monumento Histórico el año 2001. Siendo posteriormente reacondicionado y ocupado por la biblioteca.
Luego nos dirigimos a la Avenida Portales, y caminamos por el parque entre las calles Matucana y Cueto relatando el glorioso pasado de la calle como cancha de carreras a la chilena. En la actualidad el llamado Parque Portales mantiene la misma forma desde 1875 y llega a cubrir una superficie de un poco más de 2 hectáreas y unos ochocientos metros de largo.

El Parque Portales presenta muchos árboles frondosos y es un paseo que permite conectar la Quinta Normal con el Barrio Brasil, así como favorecer la conexión con el centro de la ciudad con sentido poniente oriente para el tráfico vehicular. La prolongación desde su actual término en la calle García Reyes, está proyectada en los planes y planos municipales desde el año 1939 y ha sido postergada sucesivamente.

El Parque está rodeado de colegios como el Liceo Miguel Luis Amunátegui, el Liceo Miguel de Cervantes, el Liceo Técnico Celia Clavel, lugares de culto como la primera Iglesia Metodista de Santiago y que se ubica en un edificio que ocupa toda la esquina y se destaca tanto por sus dimensiones como por sus formas, el color y algunos elementos arquitectónicos. Tiene una torre con base rectangular que termina en una cúpula. Hay dos entradas principales con pórticos terminados en arcos de medio punto.
Nuestra amiga Patricia Jiménez grabó con su cámara digital parte de nuestro recorrido por el Parque Portales. Lo pueden ver en YouTube, a continuación:
Al final del parque en la calle Cueto se encuentra el Teatro Novedades que lleva más de cien años en el barrio y que originalmente perteneció al Círculo Español. En aquellos tiempos estaba destinado a la representación de zarzuelas y sainetes. Luego de un incendio en 1930 se construyó el actual edificio, en Cueto 257.
El Teatro Novedades partió mostrando películas mudas acompañadas de un pianista que amenizaba la proyección de silenciosas imágenes en movimiento. Estuvo abandonado por varios años hasta 1993 en que el municipio creó una Corporación Cultural que lo administra.
Al devolvernos por la calle Compañía pasamos por frente al Museo de Arte Popular Americano Tomás Lago. Este museo fue creado a partir de las múltiples donaciones de muestras de arte popular americano de distintos países de América Latina (más de 5.700 piezas) a la Universidad de Chile y que el Consejo Universitario decidió traspasar a la Facultad de Artes, de la cual depende el actual Museo, situado en Compañía 2691.

A unos pasos de allí se encuentra la Peluquería Francesa y que existe desde 1868, primero en la calle santo Domingo, frente a la Plaza Yungay. A partir de 1918 se trasladó a santo Domingo entre Libertad y Esperanza, para que en 1925 se instalara en el actual edificio de Compañía y Libertad. La peluquería atendía al personal del Consulado de Francia y a los numerosos vecinos ilustres. En 1999, la tercera generación de los Lavaud crearon un restorán en parte del edifico refaccionado. Hoy el Restorán Boulevard Lavaud y la Peluquería Francesa forman parte de los recorridos por el barrio, en Compañía 2789, esquina de Libertad.

De la peluquería y el Restaurant Lavaud nos encaminamos hacia la Iglesia de los Capuchinos, que se instalaron en el barrio hace unos 150 años y que hoy mantienen una importante presencia. En el patio de la Iglesia de los Capuchinos pudimos observar la gran construcción realizada por el arquitecto italiano Eusebio Chelli entre los años 1853 y 1861 y que, tal como sus varias obras en la ciudad, reedita un estilo arquitectónico histórico europeo: en este caso se trata de una construcción similar, en algunos aspectos, a la Basílica El Redentor de la Venecia renacentista que Andrea Palladio construyera para los padres capuchinos de esa ciudad en 1577.

Desde allí caminamos hasta el frontis de la la Iglesia y antiguo convento de la Preciosa Sangre. En ese lugar relatamos la estadía no voluntaria de la escritora Teresa Wilms Montt, entre octubre de 1815 y junio de 1916 en que escapó, con la ayuda de Vicente Huidobro, rumbo a Buenos Aires.

Entre otros lugares que visitamos llegamos por fin a la Plaza Brasil donde terminamos el recorrido de febrero.