Octubre 2008


El pasado domingo 19 de octubre realizamos un exitoso Recorrido Patrimonial por Santiago que presentó el Cerro Santa Lucía a numerosos participantes. Más allá de toda planificación la jornada se inició con más de 140 personas que participaron activamente del largo y entretenido recorrido que Cultura Mapocho preparó en el histórico paseo público. El paseo del Cerro Santa Lucía, que levantara para la ciudad el gran Intendente Bejamín Vicuña Mackenna hace ya más de 130 años, fue presentado en sus detalles más entretenidos y en sus rincones menos conocidos.

A continuación se pueden ver algunos de los momentos de la jornada del domingo en fotos tomadas por nuestro amigo Claudio Jorquera. Vólker Gutiérrez, presidente de Cultura Mapocho dio la bienvenida a los numerosos participantes y presentó los principales aspectos del trayecto.

Vólker Gutiérrez presentando el Recorrido por el cerro Santa Lucía

Este trayecto por parte de la historia de la ciudad se inció a los pies del Monumento en Homenaje a Vicuña Mackenna que se encuentra en la Plaza homónima, entre las calles Miraflores y Santa Lucía, entre la Alameda y la calle Moneda.

El peñón rocoso, llamado Huelén por los primeros habitantes del valle del Mapocho, fue durante siglos el límite oriental de la ciudad que fundara Pedro de Valdivia. Tiene una altura de 629 metros sobre el nivel del mar y unos setenta metros desde el nivel medio de las calles cercanas.

Para contextualizar aún más el relato del recorrido por el Paseo del Santa Lucía contamos que durante siglos el peñón de roca basáltica fue un peladero, apenas rodeado de una ermita dedicada a la virgen del Socorro en su costado sur construida en 1543, y que luego fue llevada al convento grande de San Francisco en la Cañada. En el mismo borde sur se levantó hacia 1548, un molino, propiedad de Rodrigo de Araya. Años después, en 1551, una ermita a Santa Lucía fue levantada frente a la actual calle Merced y otro molino en la parte norte. Su dueño era Bartolomé Blumenthal, o Blumen, conocido más tarde como el molino de Flores. Ya en el año 1577 había una ermita dedicada a San Saturnino, patrono mediador contra los temblores y considerado durante siglos como el segundo patrono oficial de la ciudad después del Apóstol Santiago, hasta que la Inmaculada Concepción vino a desplazarlos a ambos como patrona de la ciudad.

Luciano Ojeda contextualizando el trayecto

Como el recorrido se inció en la Plaza Vicuña Mackenna, que mucha gente no conoce con ese nombre, partimos haciendo un poco de historia del lugar que hoy ocupa la plaza. Partió como una plazuela en tiempos de Rodrigo de Quiroga, que a partir de 1548 ocupó diversos cargos en la ciudad. La manzana había sido el lugar de llegada de las vías de comunicación con las chacras del sur oriente, de Ñuñoa, Macul y Tobalaba, una suerte de aparcadero de las carretas que traían frutas y verduras frescas. Con el tiempo fue abandonada y en 1681 el Cabildo debió desalojar a numerosos negros y mulatos que habían levantado sus ranchos en el lugar. Ya durante el mandato de Gabriel Cano y Aponte, Gobernador del Reino de Chile entre 1717 y 1733, se concretó la idea de un “recogimiento para mujeres arrepentidas de su mala vida” al costado sur poniente del cerro, en el lugar que después ocuparía el Cuartel de Artillería. La Casa de Recogidas de Santiago fue fundada oficialmente en 1723 y pasó a depender del Cabildo en 1734. Quedó ubicada en la manzana aledaña al cerro Santa Lucía, en el sitio cedido por el cabildo de Santiago, en el lugar que hoy ocupa la Plaza Vicuña Mackenna. La cercanía con el cerro hacía que frecuentemente huyeran las asiladas o recibieran la visita de algún pretendiente a través del referido promontorio. La plaza de San Saturnino se mantuvo con ese nombre hasta la construcción de la Casa de Recogidas, luego el edificio fue ocupado por el Cuartel de Artillería, el mismo que fuera escenario del Motín del 20 de abril de 1851 y que quedara retratado en la novela “Martín Rivas”. Recién en 1901 el edificio fue demolido y en 1908 se instala el monumento en homenaje al Intendente.

A los pies de la Fuente Neptuno

Frente a los muchos participantes, Luciano Ojeda da cuenta de la Fuente de Neptuno que da nombre a la Terraza que se encuentra a la mitad de la entrada por Alameda al Paseo. Entre los años 1897 y 1903 se construyó esta entrada monumental que es considerada hoy como la entrada principal al Paseo. Es obra del arquitecto chileno Víctor Henry Villeneuve, el mismo que construyera la Escuela Normal Nº1, el INBA y la antigua Escuela Militar, hoy Museo Militar, en estilo barroco neoclásico. A su muerte acaecida en 1900 las obras las continua y concluye el ingeniero municipal Benjamín Marambio. Las escaleras dobles con forma de herradura dan un ambiente envolvente a la obra arquitectónica que está compuesta de tres niveles: el primero llamado Plaza Neptuno está formado por una pileta que tiene una escultura de un niño con un pez tritón y está rodeada de frondosos árboles que generan un particular juego de luces y sombras. Dos escultura metálicas, que representan a la Lectura y la Escritura, bajo la forma de un niño que escribe y una niña que lee, dan la bienvenida a los visitantes del cerro. Son obra de Mathurin Moreau que hizo los moldes para la fundición de arte de Val D’Osne, en Francia.

La fuente de Neptuno, escultura de Gabriel Vital-Dubray

El segundo nivel está formado por la Terraza Neptuno y el tercer nivel es un gran Arco de Triunfo rematado con una cúpula que tiene en el frente una notable escultura de Gabriel Vital-Dubray que representa a Neptuno armado de su tridente. La fuente integra tres elementos clásicos, el agua, la escultura y la arquitectura en el modo en que se hizo en el siglo XVIII con fuentes tan conocidas como la Fontana di Trevi.

En el tercer nivel de la Plaza Neptuno

Este Neptuno habría estado en la Alameda hacia el año 1859 y el Intendente Vicuña lo habría hecho trasladar al cerro para ponerlo en una de las cavernas de la ornamentación original.

Luego nos dirigimos a la famosa Subida de las Niñas, y tenemos dos imágenes: una fotografía de Claudio Frites

Subida de la Niñas, foto de Claudio Frites

y también tenemos un hemoso dibujo de Carlos Durán. A los pies de la Subida de la Niñas es posible ver un par de grandes proyectiles del Monitor Huáscar como acompañamiento de un bello jarrón metálico y una estatua de bronce Al Labrador, que representa a un niño con un rastrillo, una hoz y una gavilla de trigo. La escultura metálica pertenece a los moldes fundidos en Val D’Osne.

La subida de las Niñas, dibujo de Carlos Durán

También es posible ver en la base que sostiene la escultura y que a su vez es una columna que hace las veces de baranda de la escala, una placa metálica que recuerda la altura sobre el nivel del mar. En la siguiente imagen se puede ver otro aspecto de la histórica Subida de las Niñas.

Numerosos particpantes del Recorrido

Debido a la alta convocatoria que tuvo el Recorrido Patrimonial por Santiago en el Cerro Santa Lucía, ya al llegar a la Portada del Escudo Español los participantes se agrupan bajo la imponente figura de piedra.

Llegando a la Portada del Escudo Español

Luego de haber pasado por el lado del Acueducto romano de 1872 y del fortín Batería Marcó cuyo nombre está en el muro, se llega hasta la portada de ladrillos y escudo de piedra, obra del arquitecto nacional Manuel Aldunate.

Escudo Español, obre de Ignacio de Andía y Varela

El Escudo Español de piedra es obra del escultor chileno Ignacio Andía y Varela (1757 – 1828).

El Escudo Español dibujado pro Carlos Durán

El escudo, que estuvo destinado originalmente al Palacio de La Moneda, que construía su cuñado Joaquín Toesca, muestra tres flores de lis en círculo central partido en cuatro cuarteles, dos con castillos, dos con leones rampantes, representando a Castilla y León. A cada lado hay leones coronados con corderos a los pies y en la base tambores, balas y cañones. Dos columnas dóricas rodean el escudo. Hay una gran corona encima con cimeras a los costados y sobre la corona está la cruz y bajo la diadema el cordero. El estilo es barroco bávaro.

El Escudo Español en tiempos de Vicuña Mackenna

“Puedo recordar absolutamente todo, joven. ¡Esa es mi cruz!”.

(“El ciudadano Kane”)

Junio del año 1837. En medio de la delicada situación política del momento, incluida la primera guerra externa de la naciente república chilena, en el actual cerro Los Placeres de Valparaíso, un grupo de militares sublevados acabó de manera violenta con la vida del secuestrado ministro Diego Portales Palazuelos. Independiente del rol cumplido por el político-comerciante en ese entonces y del juicio que sobre su persona y actuar cívico realizaron sus coetáneos y estudiosos posteriores, lo cierto es que la autopsia al cuerpo inerte, hecha por el médico de origen francés Emilio Cazentre y recogida por su colega chileno Pedro Lautaro Ferrer, expresa la saña con que actuaron sus celadores, ya que “Desde que se pone la vista en el cadáver se siente el alma penetrada del horror por el aspecto de la más horrible laceración: toda la superficie exterior del tronco está cubierta de heridas; las hay en la cara, el pecho y el vientre: he contado hasta treinta y cinco, fuera de algunas contusiones superficiales. Varían en extensión y gravedad; dos fueron hechas con armas de fuego: la mayor parte por bayonetas; y algunas me han parecido estocadas (…) La cara ha recibido un solo balazo, que debe haberse disparado a boca de jarro (…) El segundo balazo, penetrado por la parte posterior del tronco (…) El pecho está acribillado de bayonetazos…”.

El monumento de Jean-Joseph Perraud a Diego Portales

El corazón de Portales fue extraído y, después de varias vicisitudes, permanece en el interior de la Catedral porteña. El resto del cuerpo fue embalsamado y trasladado hasta la desaparecida iglesia de la Compañía de Jesús, en Santiago, donde se ofició la compungida misa de rigor, para luego ser depositado, momentáneamente se pensó, en la Catedral de la capital.

Mientras detractores y defensores de Portales siguieron debatiendo sobre su aporte a la formación del Estado republicano, se fue olvidando el lugar en que su cuerpo quedó sepultado, hasta que nadie se acordó nunca más (y estamos hablando de 1837, no hace más de doscientos años, cuando había suficiente registro para excusarnos como si se tratara de la Etiopía de hace tres milenios). Recién hace cuatro años, casualmente, la urna con el esqueleto apareció de nuevo ante los ojos de los chilenos y, poco después, la actual mandataria del país encabezó un homenaje en que se depositó, nuevamente y de forma definitiva, el cadáver al interior del principal edificio católico de Santiago.

El resurgimiento público del malogrado cuerpo del estadista, en el año 2005, nos vino a acusar de nuestra sempiterna osadía chilena (si podemos calificarla así) de pretender que el pasado doloroso, el ayer llagado y no restañado, sea borrado de nuestra memoria colectiva. Diego Portales, tal vez con su reconocida y desenfadada picardía exhibida en vida, nos cachetea el recuerdo olvidado y hace tangible las palabras que expresara en una conferencia el historiador Gonzalo Cáceres Quiero, a propósito de otros olvidos pretendidos: hay un pasado que no deja de pasar.

El cadáver momificado de Diego Portales

Y Portales nos reitera, porfiadamente, que no porque nos duela debemos hacer tabla rasa con la historia. Lo expresa así ya no su cadáver olvidado, sino la estatua que le erigieron sus conciudadanos en la capital. En el costado norte de la Plaza de la Constitución, mirando hacia La Moneda, está la obra en bronce del escultor francés , que representa a don Diego vestido con una toga romana, en la clara actitud de un estadista.

La cara en el monumento a Diego Portales

En 1860 la estatua de Portales fue levantada frente al palacio de Gobierno. Sin embargo, no es desde hace tantos años que el monumento exhibe una indeleble marca que nos recuerda porfiadamente que hay cosas que no se pueden olvidar, por más que lo pretendamos así: bajo el ojo izquierdo, un orificio de bala revela que en ese cívico espacio de Santiago se produjo un levantamiento militar y el quiebre de la institucionalidad. Y si bien los edificios del entorno –y la misma Moneda- han sido restaurados, ese orificio en el rostro de Portales, que no corresponde a la autoría del escultor, está ahí para decirnos que hay un pasado que no deja de pasar… aunque nos duela, aunque no queramos recordar, aunque pretendamos olvidar.

Domingo 19, Octubre
10:00a12:30

Recorrido por uno de los principales paseos, punto referencial y centro cultural de la ciudad.

Fauno flautista

A través de un entretenido recorrido por el cerro Santa Lucía, “Huelén” para los mapuche, revisando los hitos del paseo, así como dando cuenta de la historia de su principal arquitecto, aprovechamos de derribar varios mitos sobre la fundación de la ciudad. Ahí podremos ver las grandes escaleras, la Plaza Neptuno, el antiguo escudo español destinado a la Casa de Moneda, las plazas sobre las que estuvieron las fortificaciones españolas y una serie de monumentos y esculturas interesantes como las ciudades de Caracas y Buenos Aires, la estatua de Caupolicán de Nicanor Plaza, la Ermita en que yacen los restos de la familia de Vicuña Mackenna, el cañón que señala el mediodía en Santiago. También descubriremos otras señas y marcas de la historia de la capital, como el homenaje a los “disidentes”, cuyos cadáveres eran dispuestos en el lado oriente del cerro en tiempos en que la iglesia católica no aceptaba herejes en sus cementerios; la antigua Fortaleza Hidalgo convertida actualmente en centro de eventos; el lugar en que estuvo el primer observatorio astronómico del cono sur.

Domingo 19 de Octubre 2008
Cerro Santa Lucía
10:00 a 12:30 hrs.
Plaza Vicuña Mackenna, Alameda entre Miraflores y el cerro Santa Lucía

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