El domingo recién pasado realizamos el recorrido con unas 60 personas que nos acompañaron desde temprano.

Luego de mostrar la Casa Colorada y contar parte de la vida de sus habitantes, de sus principales usos y caraterísticas, contamos que hoy en ella funciona el Museo de Santiago.

El segundo hito del Recorrido era el Edificio de la Comercial Edwards, famoso por su estructura metálica y sus grandes ventanales. Contamos algunos detalles de la arquitectura metálica de fines del siglo XIX y comparamos los dos edificios contiguos, la Casa Colorada contruida por el portugués Joseph de la Vega hacia 1769 y el edificio diseñado por el francés Eugenio Joannon Crozier hacia 1893.
Desde la esquina de Estado con Merced caminamos hacia el oriente en dirección a la plazuela frente a la Iglesia de la Merced, para contar allí algunas de sus historias.

Una vez frente a la Iglesia y antiguo convento de la Merced, contamos a los participantes que fue la primera orden de religiosos que llegó a Chile con la expedición de Almagro en 1536 y era llamada originalmente Real, Celestial y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos, hoy son más conocidos como Orden de la Merced o simplemente como Padres Mercedarios. En Santiago particularmente su Colegio San Pedro Nolasco es muy conocido.

Una foto de nuestra amiga Liliana Hernández nos muestra en una inusual perspectiva parte del frontis actual de la iglesia.

En la siguiente dirección pueden ver más fotos del Recorrido en el sitio de Liliana:
http://www.flickr.com/photos/lilibel73/sets/72157611803636010/

Junto con agradecer las fotos y la colaboración de Liliana Hernández aprovechamos de agradecer las fotos de Claudio Frites y los videos de Patricia Jiménez. La colaboración de nuestros amigos hace posible el que podamos contar con testimonios gráficos de nuestras actividades que de otro modo nos sería muy difícil tener.
En la siguiente foto, tomada por Claudio Frites precisamente, estamos contando las vicisitudes del monumento en homenaje a Antonia Sala de Errázuriz.

La historia dice que el conjunto escultórico conocido como “A la caridad” es obra del escultor francés León Ernest Drivier y que fue instalado en el lugar que hoy ocupa en los turbulentos días de 1932.
León Ernest Drivier es un destacado escultor e ilustrador francés que vivió entre 1878 y 1951 y que habría trabajado en el taller de Augusto Rodin. Drivier había hecho en Buenos Aires una alegoría en mármol a la Primavera muy alabada por su fuerza expresiva y que estuvo emplazada en la Pérgola del Lago de Palermo y luego trasladada a la Plaza Justo J. de Urquiza a pedido del Museo Nacional de Bellas Artes de la ciudad atlántica. Hacia 1936 Drivier realizó en la Plaza de la República en Estrasburgo, Francia, un monumental homenaje a los muertos en las guerras de Francia que representa a una madre con sus dos hijos, muerto uno de ellos por Francia y el otro por Alemania, mostrando la dramática situación que los alsacianos vivieron durante las dos guerras mundiales.

Un pariente de la caritativa Antonia Salas habría solicitado el homenaje a León Ernesto Drivier, luego de conocer su calidad expresiva, y gestionado su traslado a Santiago entre los años 1927 y 1932.
| Domingo 28, Diciembre |
| 10:00 | a | 12:30 |
Recorrido por uno de los principales circuitos cultural y gastronómico de Santiago, que se inicia en la Casa Colorada, Museo de Santiago, y finaliza en el Barrio Lastarria.
Recorrido que se inicia en una de las pocas construcciones coloniales que subsisten en la ciudad y que representa varios momentos críticos en la historia nacional. Por la antigua calle de los aristócratas santiaguinos llegamos al convento de los mercedarios que actualmente mantiene un museo notable, para continuar hacia el nuevo barrio de bohemia y glamour en Santiago. Por la calle Mosqueto veremos alguno cafés literarios, y tiendas alternativas para llegar a los alrededores del Museo de Arte Contemporáneo y el Museo Nacional de Bellas Artes. Allí veremos el río Mapocho y el casi centenario Parque Forestal para relatar sus vicisitudes y anécdotas. Antes de volver nuevamente a la calle Merced observaremos los restaurantes de moda como el Ópera Catedral, las librerías y tiendas alternativas como The Clinic y Metales Pesados, el histórico Teatro ICTUS, la antigua sede del Instituto Chileno Francés de Cultura, la Plaza del Mulato Gil y sus escritores, el pequeño Museo Arqueológico de Santiago y el Museo de Artes Visuales. Una vez ya en centro del Barrio Lastarria veremos el Observatorio Urbano, el viejo café el Biógrafo y su cine, otros restaurantes de moda, la antigua Iglesia de la Vera Cruz para llegar hasta la residencia de la familia Kulczewski Yánquez, obra del arquitecto neo barroco Luciano Kulczewski García.
Domingo 28 de Diciembre 2008
Barrios Bellas Artes y Lastarria
10:00 a 12:30 hrs.
Casa Colorada, Merced 860
Cada vez que finaliza una función artística, los aplausos (si los hay) se los llevan los actores principales y, en general, la gente que sale en escena. Sin embargo, todos sabemos que la organización de un espectáculo requiere del esfuerzo de muchos otros que se ubican tras las bambalinas. Generalmente desconocidos o de bajo perfil, suelen recibir el reconocimiento público sólo cuando alguien lo pide de manera expresa. Así ocurre con los responsables del maquillaje, el vestuario o… la tramoya.

La tramoya, grosso modo, es todo lo que se vincula con los elementos pesados o de cierta envergadura que se utilizan en la ejecución o puesta en escena de una obra (teatro, concierto, cine, etc.). Lo habitual es que se le asocie con la escenografía y todos los movimientos de utilería. Y, por cierto, el encargado de todo ese andamiaje es llamado tramoyista. Desconozco el origen de la frase, pero durante algún tiempo, en nuestro país, en la televisión por ejemplo, fue habitual que se identificara a quienes ejercían éste y otros oficios similares con la designación genérica de “Luchito Mario”, como una forma más de significar el anonimato en que desarrollan su labor. Sin embargo, nadie desconoce que sin su presencia, el espectáculo no es posible.

Hacia 1857, en Santiago se inauguró el Teatro Municipal, magna y bella obra que serviría para cobijar a las más importantes representaciones ligadas a la ópera, al ballet y a la llamada música clásica. Necesitaba la capital un espacio digno para tales manifestaciones artísticas, que dejara en el olvido a los antiguos edificios de madera que le precedieron para tales fines, como el construido en 1820 por el edecán de Bernardo O’Higgins, en la Plazuela de la Compañía.
De estilo neoclásico, el hermoso edificio del Teatro Municipal fue responsabilidad del arquitecto Francisco Brunet des Baines y del ingeniero Augusto Charme, ambos de origen francés. Pero, más de ciento cincuenta años de existencia no han pasado en vano y, por lo mismo, nombres como los de los arquitectos Lucien Hénault, Emilo Doyére o Eusebio Chelli, están inscritos también en su historia; la razón, eso sí, más que el deterioro natural, ha sido el de los varios desastres que lo han afectado.

De seguro que el episodio más lamentable que sufrió el Municipal de Santiago, y que lo mantuvo cerrado durante casi tres años, fue el famoso incendio del 8 de diciembre de 1870. Exactamente siete años después del siniestro que acabó con la Iglesia de la Compañía y que, por la conmoción que causó, diera origen al Cuerpo de Bomberos de la capital, esta institución de voluntarios debió enfrentar las llamas que se desencadenaron al finalizar una presentación de la cantante Carlota Patti. Ya los bomberos santiaguinos habían participado en incendios de proporciones, pero en el del Municipal tendrían a su primer mártir: el teniente tercero Germán Tenderini y Vacca.

Nacido en Italia, activo militante de la lucha que dio origen a la república en su país natal (1870, el mismo año en que murió trágicamente), Tenderini se distinguió en Chile por su carácter filantrópico, que lo llevó a ser de los primeros voluntarios en inscribirse en las filas de los bomberos de Santiago. Estando en una reunión de los masones, a pocos pasos del Teatro Municipal, apenas sintió las alarmas, en la noche del 8 de diciembre, se dirigió al edificio en llamas para tratar de controlar el fuego. A los dos días, su cuerpo incinerado fue descubierto entre los escombros aún humeantes.
En el reporte que hace del incendio, su colega Arturo Villarroel (el famoso General Dinamita, de la Guerra del Pacífico) señala lo siguiente:
“Un recuerdo del compañero muerto. Tenderini era el primero en quien se habían hecho notar los efectos del humo i de la opresión del pecho. Se sentía desfallecer i le grité como amigo:
- Viva Italia! Tenderini.
– Viva la República, me contestó, saludando con entusiasmo la reciente emancipación de su patria”.
Con justicia, la calle que está al oriente del Teatro Municipal lleva el nombre de este insigne italiano residente en Chile. Con justicia, un busto del primer mártir de los bomberos capitalinos está a un costado del mismo teatro. Con justicia, Germán Tenderini está inscrito en la historia del Municipal, junto al de los arquitectos que lo construyeron y lo refaccionaron, y al lado de los más importantes artistas que han pasado por su escenario.
Sin embargo, lo que no es justo, lo que no corresponde, es que el otro héroe de la infausta jornada no ocupe un sitial similar al de Tenderini. Es el propio Arturo Villarroel, en el mismo reporte ya citado, el que anotó lo que transcribo a continuación:
“Como a las 11 3/4 PM de anoche nos encontrábamos cerca del teatro con varios bomberos i Quintanilla cuando sentimos las primeras alarmas… Nos dirijimos precipitadamente al teatro, i después de algunos esfuerzos llegamos con Tenderini al proscenio donde se nos juntó Quintanilla (…) Nos encontrábamos en una parte elevada de las tramoyas; al olor que producía el incendio me sentí con la garganta oprimida, desvanecida la cabeza, i un zumbido en los oídos. Mis compañeros debieron sentirse probablemente tan desvanecidos y sofocados como yo por el humo i el olor de las sustancias que ardían (…) En estos momentos Quintanilla trata de sostenerse con fuerza (…) de mi ropa, i me dice:
- Me ahogo! Me muero!
Me apoyé por un instante no sé en qué, pero luego caimos ambos. Desde entonces no sé lo que pasó”.
Lo que pasó fue que Santiago Quintanilla, igual que Germán Tenderini, falleció producto del incendio. Santiago Quintanilla fue de los primeros en acudir al siniestro, no porque fuera bombero, sino porque conocía muy bien el edificio, especialmente el sector de las tramoyas, que es donde se originó el fuego. Santiago Quintanilla era tramoyista del Municipal. Seguramente, no estaba acostumbrado a los aplausos. Tal vez por eso no le extrañe que su nombre no figure junto al de Tenderini. Quizás no hubiese querido que un busto suyo, y menos una calle, lo recordara como se merece. Pero nosotros sabemos que sin su trabajo no pudo haber espectáculo. Y, más importante, conocemos de su heroísmo y dedicación al Teatro Municipal, refrendado en aquella triste noche de diciembre de 1870. ¿Habrá autoridades, o actuales colegas del tramoyista Santiago Quintanilla, que quieran reivindicar -como se merece- su figura?
